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Travesía por el Atlas, Marruecos

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Travesía por el Atlas, Marruecos

Nada más cruzar la puerta del avión una bofetada de aire caliente nos recordó que ya estábamos en el África. Marrakech es un destino que se encuentra a sólo 2h30′ de vuelo desde Valencia, pero donde el exotismo atrapa enseguida al viajero. Eramos cinco amigos, algunos de ellos familia, los que decidimos recorrer lo más profundo de este país con muy poco dinero.

Igor y Lara ya se encontraban en Marruecos desde hacía dos días. Con un Dacia Logan de alquiler ascendieron hasta Imlil, pueblo situado en la falda del Toubkal, la segunda montaña más alta de África con sus imponentes 4.167 metros de altitud. Acudieron al aeropuerto con el Dacia para llevarnos al hotel. Este pequeño coche nos costaría aproximadamente 14 euros por cabeza para los 3 días restantes.

Especias - Marruecos

Podríamos explayarnos con todo lo que descubrimos en Marrakech: una ciudad repleta de olores, que nos recordaban la gastronomía árabe tan especiada; zocos, pese a que estaban en penumbra para aliviarnos del calor, mostraban una infinidad de colores que no conseguían camuflarse; o las laberínticas calles de su Mellah, barrio judio, un rincón especial que nos daba un claro ejemplo de convivencia y hospitalidad. Podríamos hablar largo y tendido de Marrakech, pero nos centraremos en otros lugares no tan frecuentados por los turistas, que no por ello merecen menos la pena.

 Ouzud - Marruecos

Tajin - Marruecos

Al día siguiente nos echamos a la carretera rumbo a Ouzud, cascadas situadas a 158km al este. Se ve que su belleza no es ajena a los demás viajeros, ya que el lugar se encontraba a rebosar de turistas. En el mismo camino de descenso al salto de agua habían varios restaurantes así que antes de continuar el viaje decidimos comer un Tajin preparado en un horno de piedra que nos daría energía para emprender la travesía por el Atlas.

Atlas - Marruecos

Nuestro siguiente destino era Ouarzazate, ciudad situada al sur de la cordillera del Atlas, considerada la puerta del desierto del Sáhara. Antes de emprender el viaje comprobamos con Google Earth que existía una “carretera” regional (R-307) que conectaba directamente la cascada con la ciudad, sin tener que retroceder hasta cerca de nuestro punto de partida, Marrakech. Ir por la ruta directa suponía ahorrarnos 60km de recorrido y hacer, finalmente, una ruta circular. Pese a estas ventajas no sabemos si nos atreveríamos a recomendarla. No tardamos 3h 30 min en recorrer los 223km hasta llegar a nuestro hotel, tal y como decía internet. Debieron ser más bien 8 horas de viaje por unas tortuosas carreteras, cada vez más altas, con menos asfalto y más baches. No disponíamos de gps. Nuestro penoso francés era el único recurso para llegar a nuestra deseada habitación de hotel.

Durante el trayecto, en algunas aldeas no se imaginaban nuestra llegada, en medio de la nada y mucho menos cuando era María, la rubia del grupo, la que conducía. Más tarde nos sorprendió un frío repentino al rebasar los 2000 metros de altitud, un anochecer antes de lo que hubiéramos deseado y finalmente el depósito del Dacia casi en reserva. Algunas voces ya pedían la cabeza de Roger, el incauto que tuvo la maravillosa idea de proponer ese recorrido, cuando a lo lejos aparecieron las primeras luces de Ouarzazate. No deberíamos recomendar esta travesía, pero en ningún caso nos arrepentimos de haberla hecho.

La Residence Rosas, con un precio de 12 euros la noche nos sorprendió con un desayuno muy generoso. En Ouarzazate, si dirigíamos la vista hacia el sur sólo veíamos desierto, una planicie estéril que contrastaba enormemente con cumbres aún nevadas a nuestras espaldas. La ciudad la verdad es que nos dejó un poco indiferentes. Tampoco nos cautivaron sus estudios cinematográficos, ya un poco en ruinas, donde rodaron escenas de Lawrence de Arabia, La guerra de las galaxias o Gladiator.

Aït Benhaddou - Marruecos

Niñas Aït Benhaddou - Marruecos

No obstante, a tan sólo 30km nos esperaba Aït Benhaddou, poblado levantado en adobe en las orillas de un río que desciende para acabar convertido en un oasis en el desierto. Perderse por sus calles fue uno de los mayores placeres del viaje. Aït Benhaddou es una Kasbah, es decir, un antiguo pueblo bereber fortificado, en este caso aún sigue habitado por unas pocas familias bereberes. Su forma de subsistencia es la artesanía y venta de minerales a los visitantes. Algunos vecinos nos abrían las puertas de su casa, de forma desinteresada, para que pudiéramos ver su forma de vida. También llamaba la atención las pinturas que realizaban con azafrán y una curiosa piedra azul. No es de extrañar que este poblado haya sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Tras esto, volvimos, esta vez por nacional, a Marrakech, aprovechando los dos últimos días de la magnífica ciudad imperial.

Roger Moreda y María Bengochea

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